Durante la pandemia, cuando tenía 50 años, tuve una de esas conversaciones que solo ocurren cuando el mundo se desacelera lo suficiente como para obligarte a ser honesta. Estaba hablando con mi mejor amiga y, como muchas personas en ese momento, estábamos evaluando nuestras vidas en silencio en medio de una crisis global.
Sobre el papel, todo parecía estar bien. Las dos teníamos hijos adultos que iban bien. Parejas amorosas. Hogares cómodos. Carreras construidas a lo largo de los años. Amistades sólidas. Una vida que, objetivamente, funcionaba.
Y aun así, bajo todo eso, apareció una pregunta. ¿Y ahora qué? ¿Qué viene después? Cuando llegó mi turno de responder, salió de mí algo inesperado. Tranquilo, sereno y absolutamente seguro. Dije: “Quiero estar en forma. De verdad en forma”.
Me sorprendió lo firme que sonó. No se sentía como un objetivo ni como un deseo. Se sentía como una verdad, expresada por una parte de mí que no había escuchado en mucho tiempo. Llevaba años adaptándome y resistiendo, y de repente, ahí estaba.
Mi amiga empezó a reírse. No porque sea poco amable, sino porque es brutalmente honesta. Después de reír, me dijo: “Pero Deb… eso está completamente en tus manos”.
Esa frase cayó con fuerza. Fue como si la claridad llegara de golpe tras un largo periodo de niebla mental. En ese momento no cambió nada concreto, pero sí cambió la dirección de mi vida.
En aquel entonces pesaba cerca de 80 kilos midiendo 1,65 m. Según el IMC, tenía sobrepeso. Pero más importante aún, no me sentía alineada conmigo misma. Sabía mucho sobre alimentación. Soy ingeniera de alimentos. Había hecho deporte intermitentemente toda mi vida. Y aun así, el conocimiento no se había traducido en resultados.
Esa fue mi primera gran lección: saber no es lo mismo que hacer.
Contratar a un coach de nutrición y entrenamiento fue sorprendentemente difícil de aceptar. Casi me daba vergüenza. Yo “sabía cómo hacerlo”. Pero también sabía que lo que estaba haciendo no funcionaba. Y por una vez, decidí dejar de discutir con la realidad.
El cambio en sí no fue dramático. Fue incómodo. Cocinar de forma diferente para mí mientras seguía alimentando a mi familia. Empezar a levantarme a las seis de la mañana para entrenar antes de que la vida pudiera interferir (algo que sigo haciendo). Planificar en lugar de improvisar. Repetir pequeñas acciones poco glamorosas día tras día. El progreso fue lento, pero constante.
A medida que el peso empezaba a bajar, algo más también cambió. Empecé a decir que no con más frecuencia. Dejé de explicarme tanto. Me di cuenta de que no todo el mundo a mi alrededor se sentía cómodo con los cambios. Algunas personas preferían la versión de mí que siempre se adaptaba, que ponía a los demás en primer lugar. Esa versión no sobrevivió al proceso.
En total, perdí 25 kilos. Pero esa cifra solo cuenta una parte de la historia.
Lo que realmente cambió fue la relación conmigo misma. Dejé de tratar mi cuerpo como un problema que gestionar y empecé a verlo como algo que merece apoyo. Dejé de esperar el “momento adecuado” y construí rutinas que encajaban en la vida real.
Hoy no me pregunto qué viene después. Lo sé. No porque todo esté resuelto, sino porque confío en mí para seguir eligiendo lo que está alineado conmigo.
Perder 25 kilos en mis cincuenta no tuvo que ver con disciplina ni con restricción. Tuvo que ver con claridad, constancia y, finalmente, con decidir que esta parte de mi vida importaba. Y una vez tomada esa decisión, lo demás vino solo.



