Recién vuelta de 8 días en el sur de Francia, y sí, comí distinto de lo habitual. Pero dos cosas me quedaron dando vueltas en la cabeza durante todo el viaje: vi muchas menos personas con sobrepeso de lo que esperaba, y no dejaba de preguntarme por qué. La comida en sí, en restaurantes comunes, nada con estrella Michelin, era casi sobria: la carne era carne, sin salsas, siempre alguna ensalada al lado (generalmente verde, con vinagreta), y las otras guarniciones no eran papas fritas.
Igual comí cocina francesa una vez por día, algunos días dos, para eso son las vacaciones. Al volver a casa, lo primero en la lista fue un pedido enorme al supermercado con mis básicos de siempre: queso cottage, yogur rico en proteínas (Skyr o griego), knäckebröd, fiambre de pollo y de pavo, salmón ahumado, y por supuesto toda la verdura y la fruta que entrara en el carrito. Después, la balanza, a la mañana siguiente y a la otra. Acá sigo mi propio consejo (mirá el carrusel de viaje de hace un par de semanas), y no había subido nada de peso.
Las temperaturas en Francia eran tan altas, 35-40°C de 8 de la mañana a 10 de la noche, que la actividad era baja, muy baja. Corrí 2 veces a las 7:00, porque lo necesitaba sí o sí (ya sé: correr engancha, ¡mátenme!), pero la mayoría de los otros días tenía suerte si llegaba a los 8 mil pasos, lo cual para mí es un drama. De vuelta en casa, tengo una carrera planeada para el 1 de noviembre y me había perdido una semana entera. Bajé mi entrenamiento a dos tercios de lo habitual para la primera semana de vuelta: 2 salidas de running y 2 entrenamientos de fuerza en lugar de 3 de cada uno. Por ahora, todo bien, aunque el entrenamiento de fuerza de anoche recién arrancó a las 21:00. ¡Lo hice! ¡Para mí!
Y créanme: la ropa sucia todavía no está lavada, la comida estuvo «meh» pero sana, y este newsletter sale un día más tarde de lo habitual.
Por qué esto no se trata de mí
Ahora bien, acá está el tema: yo ya tenía un plan corriendo antes de irme. Bajarlo a dos tercios fue todo el movimiento, había algo para reducir.
Si volviste de vacaciones con un kilo o dos de más, te moviste mucho menos de lo habitual, y ya lo sabés, nadie te lo tiene que señalar, dos tercios de nada no es un plan. Y arrancar el lunes directo con un plan nuevo y estricto tampoco sobrevive la semana. Nunca sobrevive.
Empezá con una sola cosa
Lo que funciona en cambio es algo más chico: una sola cosa. Nada más que una, algo que realmente vayas a seguir haciendo. Una vez que ya sea parte de tu semana, y no una decisión, volvé y agregá una segunda. Después una tercera.
Diez cambios pequeños para elegir
Elegí uno para empezar esta semana:
- Herví diez huevos el domingo a la noche. Uno va a tu plato cada mañana, parte del desayuno, no todo el desayuno, listo antes de que tengas tiempo de pensarlo.
- Sacá la lata de galletitas de tu escritorio y llevala a un cajón, o directamente a otra habitación. Igual vas a comer alguna de vez en cuando, solo que no sin darte cuenta.
- Reducí a la mitad el azúcar de tu café esta semana. Volvé a reducirla a la mitad la semana que viene. En un mes desapareció y ni te diste cuenta del día en que pasó.
- Tené una botella de agua en tu escritorio, llena, a la vista. Lo que tenés adelante es lo que tomás.
- Cociná un poco de más en la cena y guardá las sobras para el almuerzo del día siguiente, en lugar de comprar lo primero que aparezca de camino.
- Si el almuerzo es un sándwich de abajo, cambiá el salame por pollo. El mismo sándwich, los mismos dos minutos, un sándwich distinto.
- Subí por la escalera. No todas, todavía no. Un piso esta semana. Dos pisos la semana que viene. Construilo despacio, a propósito, como construirías cualquier otra cosa.
- Bajate del tranvía, o estacioná el auto, una parada o una cuadra más allá de lo necesario. Nadie se da cuenta, y son diez minutos de caminata que no tuviste que agendar.
- Quedate de pie en las llamadas que no necesitan pantalla. Una llamada de veinte minutos son veinte minutos parada, en vez de veinte minutos más sentada en la silla en la que ya pasaste todo el día.
- Dejá el celular en otra habitación 30 minutos antes de dormir. Fijate en qué se convierte esa media hora que normalmente pasás scrolleando: 10 minutos de meditación, 10 minutos de journaling, 10 minutos para cuidarte la cara.
¿Cuál de estas diez estás realmente dispuesta a sostener, y no solo a probar una vez?
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