El momento del cajón

Llegó el verano y con él la temporada de trajes de baño. Un momento doloroso para algunas de ustedes. Lo sé bien, porque a mí también me costó mucho tiempo. Estaba mirando en el cajón de mis trajes de baño y en el fondo encontré algunos que usaba antes de bajar 25 kilos. Una malla enteriza, negra, toda estirada. Ya está en la basura. No se podía reciclar.

Y ahí caí: solo con mirar ese pedazo de lycra me sentí avergonzada y enojada. Así que me puse a buscar el por qué.

Crecí en una sociedad patriarcal, llena de vergüenza corporal, donde se inventó la colaless. Mi papá me prohibió usarla, y de todos modos yo nunca hubiera podido lucirla. Ya a los 14 años tenía más grasa que músculo, y eso golpeó tan fuerte mi autoestima que todavía hoy puedo sentir esa incomodidad, probablemente detrás de mi propia reacción frente al cajón.

Hablando en términos científicos, en 1998 un grupo de investigadores de Michigan y Duke hizo un experimento simple. Las mujeres entraban solas a un vestidor, frente a un espejo, y se probaban una malla o un sweater, y después lo evaluaban como lo harían antes de comprarlo.

Las mujeres con mallas reportaron mucha más vergüenza que las mujeres con sweaters, incluso solas, incluso sin que nadie las mirara. La prenda sola la generaba.

Esa vergüenza cambió lo que pasó después, y explica mucho sobre cómo las mujeres se relacionan con su cuerpo. El grupo de las mallas comió menos de las galletitas que les ofrecieron después y le fue peor en un examen de matemática que les dieron enseguida. Probarse la malla les corría la atención de lo que su cuerpo podía hacer hacia cómo se veía, y ese desvío les costó caro.

Los hombres que hicieron la misma prueba se sintieron incómodos, un poco ridículos. Su forma de comer y sus resultados en el examen se mantuvieron iguales en ambos grupos.

Este es exactamente el momento que veo repetirse con mis clientas cada junio. Cuatro semanas antes de las vacaciones, llega el momento del cajón, y el instinto es arreglarlo rápido: cortar los carbohidratos de golpe, saltear comidas, sumar un entrenamiento extra a una semana ya llena. Todo con buena intención, pensado para sobrevivir dos semanas en traje de baño, no para una solución a largo plazo.

Hay un nombre para el patrón que sigue después: el ciclo de peso, el efecto yoyo. Bajar de peso rápido, volver a subirlo después, y repetir el ciclo en el próximo disparador.

Cada vez que entrás en este ciclo de cortes duros y rápidos, tu cuerpo responde a esa restricción severa sacando grasa y músculo por igual, sobre todo si no consumís suficiente proteína ni hacés entrenamiento de fuerza.

Para las mujeres de 40 años o más, el atajo cuesta más. La masa muscular ya viene bajando por la edad y por los cambios hormonales de la perimenopausia y la menopausia. Perder más de esa masa, y después reconstruirla cada vez desde una base más baja, sale más caro que a los veinticinco.

La verdadera elección cada junio es si estás construyendo algo que se sostenga, o si estás creando una situación peor para sobrevivir las próximas dos semanas.

Construir rutinas que se sostengan lleva más tiempo, y más trabajo mental y físico que cualquier cosa hecha en dos semanas.

Empezá a hacer los cambios necesarios en la alimentación y el movimiento a un ritmo que puedas sostener, y construí una vida nueva alrededor de esos hábitos.

Ponete esa talla S, o la que sea en la que te sientas bien, gracias a esta nueva versión de vos misma, y permitite sentirte bien por eso. Esa felicidad se gana con meses de entrenamiento y con elecciones que te ponen a vos y a tu salud primero. Es la mujer que querés ser el verano que viene, y el siguiente también.

Esto es toda la idea detrás de DEBs WAY: comer, entrenar y otros hábitos saludables construidos para sostenerse, vacación tras vacación, año tras año.

Si esto te resuena y estás lista para hacer algo al respecto, hablemos. Una llamada gratuita de 30 minutos, sin compromiso.

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